Con los años descubrí que aquello que para mí era medicina también podía convertirse en un camino para acompañar a otros.
Formarme como danzaterapeuta me permitió unir lo que siempre había sentido:
que el cuerpo, la mente y las emociones no están separados,
y que el movimiento consciente puede devolvernos a nuestro centro,
a la esencia más auténtica de quienes somos.
Hoy acompaño a personas que sienten la necesidad de parar,
de escucharse,
y de volver a habitar su cuerpo desde un lugar más amable.